Mucho se ha comentado y escrito desde que, en el día de ayer, Eduardo Inda
mostrase a Rafa Mayoral (Podemos) el siguiente tuit de Guillermo Zapata (nuevo
edil de cultura en el ayuntamiento de Madrid por Ahora Madrid) durante el
programa ‘LaSexta Noche’:
A modo de reflexión inicial, no quepa ninguna duda de que, al margen de
este tuit en concreto, por parte de muchas personas y de ciertos sectores se
busca desestabilizar a las nuevas fuerzas progresistas surgidas como consecuencia de un descontento con la política actual y, aún más, si estas ya se han hecho con la alcaldía de
importantes ciudades españolas, materializando su irrupción en el panorama
político nacional. Para ello, cualquier pretexto es bueno para pretender
conseguir dicho objetivo; si no es posible desacreditar al adversario por
hechos y acciones relevantes de su vida personal o política, se rebusca hasta
encontrar el menor atisbo del tan preciado como incendiario ‘material
sensible’.
Pero no voy a entrar a valorar la legitimidad o no de tales acciones, ni a excluir
de dicha estrategia a ningún sector ideológico, puesto que, tanto desde la
izquierda como desde la derecha se intenta encontrar las cosquillas al
adversario, en algunos casos como una sana exigencia de revisión y coherencia
política, mientras que en otros solo es debido a un mero afán desestabilizador.
El tema que realmente quiero tratar –y que llevaba tiempo con él en mente–
es el del humor negro. Quien pudiera ver la intervención de Inda tras la
réplica de Mayoral, escucharía que, para el periodista, tal tuit no puede ser
calificado de humor negro, sino más bien como algo [añada aquí el adjetivo que se asemeje al sinónimo más rimbombante de ‘desagradable’].
Queriendo superar esta discusión inicial, obviaré que el tuit de Zapata es, al
margen de adjetivos, humor negro.
Y, ¿qué es el humor negro? Veamos la definición del DRAE:
Para que no se nos escape ni un matiz de la definición, veamos qué se
entiende por ‘humorismo’ (en su primera acepción, la más acertada al caso): “Modo de presentar, enjuiciar o comentar la
realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas”.
Así, reescribiendo de un modo más amplio la definición de humor negro, este
es un ‘modo de presentar la realidad que
se ejerce a propósito de cosas que suscitarían, contempladas desde otra perspectiva, piedad, terror,
lástima o emociones parecidas’.
Bien, de esta definición objetiva (si ofrecemos a la RAE el poder de otorgar
la objetividad a las definiciones) se extrae que el humor negro, en cuanto ‘modo’,
“modo de presentar la realidad”, se
ubica en una dimensión en la que no suscita “piedad, terror, lástima o emociones parecidas”. Es por ello por lo
que el humor negro no puede ni debe ser juzgado en base a convicciones morales
ni éticas establecidas. El humor negro está exento, per se, de (las habituales) inspecciones morales.
Por tanto, no solo creo que esta sea mi opinión, sino que se deduce de la
definición que esta clase de humor jamás debería ser un elemento definitivo
para juzgar moralmente a alguien puesto que, tratándose este de un plano
alternativo de comentar la realidad, no son extrapolables a dicha dimensión los
criterios habituales con los que analizar y juzgar actos o acciones. Humor negro
es la ausencia absoluta de juicios de valor dados por cualquier tipo de
emoción empática.
¿Se podría afirmar que el humor negro es ese solar autogestionado de un
modo anárquico sobre el subsuelo de la realidad? Pues sí, podría afirmarse.
¿Podría afirmarse que, por todo lo expuesto anteriormente, el humor negro solo
tiene los límites que, a nivel individual, uno quiera ponerle en su modo de
crearlo e interpretarlo? Pues sí, podría afirmarse. ¿Afirmemos pues, que en la
dimensión del humor negro, los juicios de valor, emociones y sentimientos más
nobles y dignos que cimientan, o deberían cimentar nuestra sociedad son sesgos
que lo ‘ensucian’ de ‘sanas impurezas’? Afirmémoslo. ¿Así, si un familiar mío
ha muerto por cualquier tipo de causa, debo comprender que en el ‘deshumanizado’
terreno del humor negro cualquier tipo de broma al respecto, aun siendo
posiblemente de mi total desagrado, tiene cabida y que solo existe el límite
que el autor de la broma quiera imponerse y el que yo como espectador decida
ponerle a mi interpretación de dicha broma, siendo siempre mi limite
interpretativo un límite personal y jamás como una incursión en el desvedado
terreno del humor negro? Pues sí.
Desde luego, me gustaría pensar que mi modo de ver el asunto debiera
permanecer en una línea similar a lo largo de mi vida, y que este no cambie por
la vivencia personal de desgracias, ni por una aún mayor sensibilidad hacia los
temas más crudos de la realidad. Y es que considero que en contadísimos casos
debemos ser capaces de mostrar una ausencia de empatía psicopática, dado que el
objeto de nuestro juicio resulta ser un terreno de naturaleza estrictamente
amoral, como sería el caso del humor negro.
No obstante a todo lo dicho, comprendo que alguien que desempeñe un cargo
público deba comedirse a la hora de llevar a cabo tal tipo de humor y, de
haberlo ya hecho y dejar constancia de ello, pedir las disculpas más oportunas
posibles. Pero no pedir disculpas por el hecho de haber obrado mal, sino más
bien como un gesto de comprensión hacia aquellos que juzguen desde un plano
moral ese tipo de humor, disculpándose por si ha podido ofender a alguien,
dejando claro que lógicamente no era su intención ofender a nadie.
En este punto, me gustaría mostrar mi asombro por quienes consideran el
humor negro como una incitación al odio, y es que el humor negro tiene lo mismo
de incitador al odio que un videojuego de violencia extrema. Existen, y, como
el humor negro, causan polémica; y su carácter deshumanizante o incitante al
odio se llevaría a cabo en aquellos que carecen de la suficiente madurez
(entendida como un asentamiento de fuertes convicciones morales universalmente
reconocidas como nobles) como para comprender que, en ambos casos, se trata de
dimensiones donde no es posible juzgar las acciones cometidas con la óptica de
la realidad social. Vergonzosos, horripilantes, estremecedores, crueles… son
los hechos ocurridos en la realidad, pero no los comentarios que relativos a
ellos se hagan en el marco del humor negro.
Además, referido a la controversia que suscita el humor negro, quisiera
sacar a escena la locución latina animus
iocandi, que no solo es una locución latina sino una figura jurídica, por
la cual se entiende que lo dicho al amparo de la misma se ha dado con ánimo de
broma y sin la intención de ofender a nadie en particular.
Como reflexión final, considero que debería mostrarse muchísima más
comprensión en cuanto aceptación a la existencia del humor negro y la capacidad
de identificarlo como tal. De hecho, creo que habría que tener más cuidado con
quienes muy enérgicamente saltan a la mínima traza de humor negro y no tanto
con aquellos que lo ejercen y aceptan, dado que en muchos casos ese
comportamiento demuestra una intolerancia hacia una visión más amplia de la
realidad y de los infinitos planos que la conforman y que, a mi modo de ver,
revelan un falso asentamiento, un asentamiento no verdadero de los principios
morales más básicos en la mente del individuo. Así, quien ejerce el humor negro
desde la madurez es capaz de mostrar un grado de abstracción sobre el plano que
conforman los juicios de valor, lo que demuestra que es capaz de expandir sus
fronteras sobre aquello que ya tiene firmemente asentado, mientras que aquel
exaltado ‘desentendedor’ del humor negro no es capaz de abstraerse de la
realidad dada por sus juicios de valor porque a duras penas consigue mantener
débilmente anclados una serie de principios morales de los que se cree tan
poseedor como aquellos que racionalmente los han asentado y hecho suyos,
mientras que él se complace en su aparente bondad y firmeza moral.



