lunes, 15 de junio de 2015

Alegato en pro del humor negro


Mucho se ha comentado y escrito desde que, en el día de ayer, Eduardo Inda mostrase a Rafa Mayoral (Podemos) el siguiente tuit de Guillermo Zapata (nuevo edil de cultura en el ayuntamiento de Madrid por Ahora Madrid) durante el programa ‘LaSexta Noche’:

A modo de reflexión inicial, no quepa ninguna duda de que, al margen de este tuit en concreto, por parte de muchas personas y de ciertos sectores se busca desestabilizar a las nuevas fuerzas progresistas surgidas como consecuencia de un descontento con la política actual y, aún más, si estas ya se han hecho con la alcaldía de importantes ciudades españolas, materializando su irrupción en el panorama político nacional. Para ello, cualquier pretexto es bueno para pretender conseguir dicho objetivo; si no es posible desacreditar al adversario por hechos y acciones relevantes de su vida personal o política, se rebusca hasta encontrar el menor atisbo del tan preciado como incendiario ‘material sensible’.

Pero no voy a entrar a valorar la legitimidad o no de tales acciones, ni a excluir de dicha estrategia a ningún sector ideológico, puesto que, tanto desde la izquierda como desde la derecha se intenta encontrar las cosquillas al adversario, en algunos casos como una sana exigencia de revisión y coherencia política, mientras que en otros solo es debido a un mero afán desestabilizador.

El tema que realmente quiero tratar –y que llevaba tiempo con él en mente– es el del humor negro. Quien pudiera ver la intervención de Inda tras la réplica de Mayoral, escucharía que, para el periodista, tal tuit no puede ser calificado de humor negro, sino más bien como algo [añada aquí el adjetivo que se asemeje al sinónimo más rimbombante de ‘desagradable’]. Queriendo superar esta discusión inicial, obviaré que el tuit de Zapata es, al margen de adjetivos, humor negro.

Y, ¿qué es el humor negro? Veamos la definición del DRAE:


Para que no se nos escape ni un matiz de la definición, veamos qué se entiende por ‘humorismo’ (en su primera acepción, la más acertada al caso): “Modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas”.

Así, reescribiendo de un modo más amplio la definición de humor negro, este es un ‘modo de presentar la realidad que se ejerce a propósito de cosas que suscitarían, contempladas desde otra perspectiva, piedad, terror, lástima o emociones parecidas’.

Bien, de esta definición objetiva (si ofrecemos a la RAE el poder de otorgar la objetividad a las definiciones) se extrae que el humor negro, en cuanto ‘modo’, “modo de presentar la realidad”, se ubica en una dimensión en la que no suscita “piedad, terror, lástima o emociones parecidas”. Es por ello por lo que el humor negro no puede ni debe ser juzgado en base a convicciones morales ni éticas establecidas. El humor negro está exento, per se, de (las habituales) inspecciones morales.

Por tanto, no solo creo que esta sea mi opinión, sino que se deduce de la definición que esta clase de humor jamás debería ser un elemento definitivo para juzgar moralmente a alguien puesto que, tratándose este de un plano alternativo de comentar la realidad, no son extrapolables a dicha dimensión los criterios habituales con los que analizar y juzgar actos o acciones. Humor negro es la ausencia absoluta de juicios de valor dados por cualquier tipo de emoción empática.

¿Se podría afirmar que el humor negro es ese solar autogestionado de un modo anárquico sobre el subsuelo de la realidad? Pues sí, podría afirmarse. ¿Podría afirmarse que, por todo lo expuesto anteriormente, el humor negro solo tiene los límites que, a nivel individual, uno quiera ponerle en su modo de crearlo e interpretarlo? Pues sí, podría afirmarse. ¿Afirmemos pues, que en la dimensión del humor negro, los juicios de valor, emociones y sentimientos más nobles y dignos que cimientan, o deberían cimentar nuestra sociedad son sesgos que lo ‘ensucian’ de ‘sanas impurezas’? Afirmémoslo. ¿Así, si un familiar mío ha muerto por cualquier tipo de causa, debo comprender que en el ‘deshumanizado’ terreno del humor negro cualquier tipo de broma al respecto, aun siendo posiblemente de mi total desagrado, tiene cabida y que solo existe el límite que el autor de la broma quiera imponerse y el que yo como espectador decida ponerle a mi interpretación de dicha broma, siendo siempre mi limite interpretativo un límite personal y jamás como una incursión en el desvedado terreno del humor negro? Pues sí.

Desde luego, me gustaría pensar que mi modo de ver el asunto debiera permanecer en una línea similar a lo largo de mi vida, y que este no cambie por la vivencia personal de desgracias, ni por una aún mayor sensibilidad hacia los temas más crudos de la realidad. Y es que considero que en contadísimos casos debemos ser capaces de mostrar una ausencia de empatía psicopática, dado que el objeto de nuestro juicio resulta ser un terreno de naturaleza estrictamente amoral, como sería el caso del humor negro.

No obstante a todo lo dicho, comprendo que alguien que desempeñe un cargo público deba comedirse a la hora de llevar a cabo tal tipo de humor y, de haberlo ya hecho y dejar constancia de ello, pedir las disculpas más oportunas posibles. Pero no pedir disculpas por el hecho de haber obrado mal, sino más bien como un gesto de comprensión hacia aquellos que juzguen desde un plano moral ese tipo de humor, disculpándose por si ha podido ofender a alguien, dejando claro que lógicamente no era su intención ofender a nadie.

En este punto, me gustaría mostrar mi asombro por quienes consideran el humor negro como una incitación al odio, y es que el humor negro tiene lo mismo de incitador al odio que un videojuego de violencia extrema. Existen, y, como el humor negro, causan polémica; y su carácter deshumanizante o incitante al odio se llevaría a cabo en aquellos que carecen de la suficiente madurez (entendida como un asentamiento de fuertes convicciones morales universalmente reconocidas como nobles) como para comprender que, en ambos casos, se trata de dimensiones donde no es posible juzgar las acciones cometidas con la óptica de la realidad social. Vergonzosos, horripilantes, estremecedores, crueles… son los hechos ocurridos en la realidad, pero no los comentarios que relativos a ellos se hagan en el marco del humor negro.

Además, referido a la controversia que suscita el humor negro, quisiera sacar a escena la locución latina animus iocandi, que no solo es una locución latina sino una figura jurídica, por la cual se entiende que lo dicho al amparo de la misma se ha dado con ánimo de broma y sin la intención de ofender a nadie en particular.


Como reflexión final, considero que debería mostrarse muchísima más comprensión en cuanto aceptación a la existencia del humor negro y la capacidad de identificarlo como tal. De hecho, creo que habría que tener más cuidado con quienes muy enérgicamente saltan a la mínima traza de humor negro y no tanto con aquellos que lo ejercen y aceptan, dado que en muchos casos ese comportamiento demuestra una intolerancia hacia una visión más amplia de la realidad y de los infinitos planos que la conforman y que, a mi modo de ver, revelan un falso asentamiento, un asentamiento no verdadero de los principios morales más básicos en la mente del individuo. Así, quien ejerce el humor negro desde la madurez es capaz de mostrar un grado de abstracción sobre el plano que conforman los juicios de valor, lo que demuestra que es capaz de expandir sus fronteras sobre aquello que ya tiene firmemente asentado, mientras que aquel exaltado ‘desentendedor’ del humor negro no es capaz de abstraerse de la realidad dada por sus juicios de valor porque a duras penas consigue mantener débilmente anclados una serie de principios morales de los que se cree tan poseedor como aquellos que racionalmente los han asentado y hecho suyos, mientras que él se complace en su aparente bondad y firmeza moral.

miércoles, 28 de enero de 2015

Sobre la igualdad de género entendida como paridad numérica

«Tsipras no incluye a ninguna mujer ministra en su nuevo gabinete» (El Mundo)
«Tsipras anuncia un gabinete sin ministras y con tres 'superministros'» (Europa Press)
«Tsipras no confía en ninguna mujer para el Gobierno más izquierdista de Europa» (El Correo)

Tras apenas 48 horas del triunfo electoral de Syriza el pasado domingo en Grecia, conocemos la composición del nuevo equipo de gobierno, en el que no se encuentra ninguna mujer en los escalones más altos de la jerarquía gubernamental. Lógicamente, la inmensa mayoría de los medios de comunicación en España se han hecho eco del asunto, y es tema de debate y opinión apresurada en magazines de actualidad y tertulias varias.

De todos es sabida la celeridad actual con la que se precisa de opiniones: rápidas, concisas, sin lugar al análisis profuso, en donde una intervención de más de 20 segundos resulta excesiva; nada de tramas discursivas complejas o por el contrario no se conseguirá una ‘agilidad’ en el debate –a propósito del tema, recomiendo el libro ‘La comunicación jibarizada’ de Pascual Serrano, Ed. Península–.

Así pues, nos encontramos con que la opinión cuasi unánime resulta de rechazo hacia esta desigualdad en el nuevo equipo de gobierno. A priori, cualquiera está de acuerdo en eso, no hay más vuelta de hoja. Uno de los argumentos que se esgrime para afear esta decisión es el hecho que las mujeres deben tener un papel importante en la sociedad, lo que va a quedar manifiesto en la designación de un mayor número de cargos femeninos en las filas del gobierno. Se dice que eso es necesario, puesto que ese gesto dejará constatada la igualdad de oportunidades que existe en la sociedad, demostrando que el machismo queda superado.

Y es a partir de aquí cuando empieza a ser necesario un mínimo análisis sobre la cuestión. En primer lugar, debe resaltarse la necesidad impetuosa hacia ‘lo políticamente correcto’ que se da en la actualidad, donde cualquier manifestación de opiniones queda anulada desde un primer momento si no pasa por ese filtro, con independencia de lo que esa opinión exprese. Así, la extrema sensibilidad hacia el mínimo atisbo de incorrección política, entendido como opuesto a ‘lo políticamente correcto’, deja paso a una incapacidad irracional –aunque fruto de la razón– de comprender, e incluso escuchar o leer, la totalidad de una opinión que se cimiente sobre alguna de esas incorrecciones. Por tanto, puedo afirmar, al menos a título individual, que ‘lo políticamente correcto’ es un cáncer actual de nuestra sociedad, fruto de un juicio falaz, enmascarado bajo nobles e incuestionables principios de ética y justicia.

Tras tener esto presente, pasemos a la siguiente cuestión: se asume como resultado palpable de la asimilación de la igualdad de género por parte de nuestra sociedad el hecho que un gobierno cuente con un número significante de mujeres. En otras palabras, la equidad numérica de hombres y mujeres en un gobierno es muestra de una sociedad que ha superado las desigualdades de género y tiene asumida la igualdad del hombre y la mujer. Bien, eso es lo que inconscientemente se cree, al menos bajo mi opinión. Pero, ¿qué hay tras esto? Pues una devaluación bastante preocupante del concepto de igualdad de género. Y es que se asume la frívola consecuencia de la paridad numérica como la consagración de una superación que atañe a lo moral. Y lo más preocupante es que las propias mujeres se autocomplazcan con ello. Sí, lo sé, de alguna manera visible, práctica, debe quedar constatada la igualdad de género, pero no así, porque esto no es más que la banalización y frivolización de un tema tan serio y noble. Nos autocomplacemos con el hecho visible, desentendiéndonos por completo de la concepción moral que cada uno tiene sobre la igualdad de género, el autoconcepto que cada uno tiene de ello; eso no preocupa, entendemos, como ya vengo diciendo, que nuestro concepto de igualdad de género debe de ser el correcto, ya que tengamos mujeres al frente de un gobierno así lo constata.

Así pues, se entiende la igualdad de género en tanto igualdad numérica de sexos opuestos. Y esto, precisamente esto, genera, bajo mi punto de vista, un efecto totalmente contrario al que se quiere conseguir. La necesidad que crea el deber ético de conseguir esa igualdad numérica (quien dice igualdad también dice ‘lo más cercano a ello’; sería enfermizo pretender conseguir un 50-50 exacto) nos crea una visión fraccionada del ser humano: se busca una balanza equilibrada, cuando la concepción que debe tenerse es la de una balanza con un solo plato: el género humano. Creyendo avanzar humanamente con esa paridad numérica, conseguimos retroceder: así, la mujer, el género femenino, es concebido como una ‘masa de personas’ por las que se debe velar en su equilibrio respecto a los hombres. Ello genera una concepción forzada, no espontánea, de la igualdad de género. No se asume en lo más interior de uno como algo natural el tema de la igualdad, y no se asume como natural porque el cáncer de lo políticamente correcto prima el resultado visible, el ‘postureo cara a la galería’ antes que la verdadera asimilación moral de la igualdad de géneros. ¿Por qué? Porque el concepto como sociedad que se tiene sobre el tema es algo abstracto; se busca la materialización de ese concepto –la paridad numérica–, pero se desatiende el concepto, la concepción de cada uno.

En mi opinión, en una sociedad donde realmente se asuma la igualdad de géneros uno no se preocupa de esa necesidad ante la paridad numérica, ¿por qué? Porque se tiene asimilado que no es cuestión de un `x+y’, sino de un ‘z’, donde z=x+y. Claro, lo complejo en esto es que en una sociedad totalmente desigual y sin conciencia de igualdad de géneros también compartirían parte de esta visión, ya que tampoco se preocuparían en pensar en esa igualdad de géneros, puesto que no creen en ella. PERO ES QUE ES TOTALMENTE DISTINTO. En el primer caso, la gente no se preocuparía en tener la igualdad presente PORQUE LA TIENEN ASUMIDA, porque entienden que la igualdad real no es la perversión y la frivolidad de decir: ‘debemos tener 4 hombres y 4 mujeres para que se DEMUESTRE que somos una sociedad igualitaria en ese aspecto’; tenemos asumido el significado real que supone la igualdad de género y miramos a una mujer como un semejante, no como un ‘semejante forzado’, no la vemos como un ser al que darle las mismas oportunidades porque lo contrario es machista, sino que no nos preocupamos en DARLES las mismas oportunidades porque TODOS TENEMOS INTERIORIZADOS (tanto hombres como mujeres) que el optar a las mismas oportunidades lo tienen per se, no porque se las hayamos ‘DADO’, ‘OTORGADO’ ­–Y es que el discurso basado en ‘DAR las mismas oportunidades a hombres y mujeres’ en el fondo es perverso, si bien a simple vista pueda parecer del todo noble, ya que se asume un machismo estructural, en tanto que SE DA A LAS MUJERES la oportunidad de ser iguales. Porque, no nos engañemos, cuando se dice ‘DAR las mismas oportunidades a hombres y mujeres’ no nos referimos a que el colectivo ‘hombres + mujeres’ sea el que dé las mismas oportunidades tanto a hombres como a mujeres. Es obvio. Si quien parte en posición de desventaja es la mujer, ¿cómo va a ser un colectivo en el que haya mujeres el generador de esa igualdad de oportunidades? Es una contradicción de por sí. Tras ese discurso se tiene interiorizado un machismo estructural, porque son los hombres quienes dan la oportunidad a ‘esa gente’, a las mujeres, de ser iguales, ‘de llegar a ser como ellos’. Poniendo un ejemplo, es como afirmar que en una sociedad racista se diga: ‘debemos dar igualdad de oportunidades a blancos y negros’. Coño, ¿cómo va a ser la gente de raza negra la artífice de generar oportunidades para ellos mismos? Al final son los de raza blanca quienes les van a ‘otorgar’ ese derecho a ser igual... Quizá alguno interprete que estoy despreciando la lucha de las mujeres por afirmar que tras ese discurso se oculta el que son los hombres quienes les dan el ‘derecho a ser iguales’ a las mujeres. En modo alguno. La lucha de las mujeres, es, igual que la lucha llevada a cabo por cualquier colectivo oprimido, una consecuencia lógica del querer cambiar esa situación que les desfavorece. Pero no contradice mi argumento; quien diga que ‘hay que dar a hombres y mujeres las mismas oportunidades’ puede afirmarlo teniendo presente la suma importancia de la lucha femenina por cambiar su situación al mismo tiempo que tener asumido ese machismo estructural, aunque esa persona se crea que por tener en cuenta la lucha femenina automáticamente sea imposible que en ella quepa algún tipo de idea machista interiorizada–. En cambio, en el segundo caso de sociedad que no se preocupa por la existencia de paridad numérica en cuanto a géneros opuestos, es por el hecho de que esa sociedad NO CREE en la igualdad de género. En un caso no se piensa en la igualdad porque se tiene interiorizada y va a acabar dándose como algo espontáneo y natural, porque esa idea está asumida; no se entiende la igualdad como algo meramente numérico. Mientras que en el otro caso no se piensa en la igualdad porque sencillamente no se da en la conciencia colectiva. Y así, en medio, estamos nosotros, quienes pensamos de manera consciente en la igualdad de géneros porque realmente no la tenemos asumida en nuestra conciencia colectiva, y debemos hacer el acto de pensar en ella, creyéndonos que esa igualdad es la del mero hecho de paridad numérica y no un concepto moral infinitamente más amplio.

Con todo, me parece que resulta interesante comentar una de las posibles maneras de entender este tema. Así, no asumiré ninguna proclama políticamente correcta y hablaré de la mujer, como tal, como género, sin que ello contravenga mi visión unitaria del género humano, ya que, para poder tener una visión unitaria, debe conocerse a las diferentes partes para poder integrarlas, con sus similitudes y diferencias, en una única ‘supravisión’ amplia que englobe a todos.

Y empezaré afirmando algo totalmente políticamente incorrecto con rotundidad: Hombres y mujeres no son iguales. Es algo totalmente obvio. Biológica y evolutivamente quedan bastante claras nuestras diferencias, las cuales se fundamentan en que unos son los que van a ‘aportar la semilla’ y otros (otras) los que (las que) gesten al nuevo ser. En torno a esa idea vienen a fundamentarse las diferencias biológicas. Adentrándonos más sobre esa idea, debemos tener en cuenta las diferencias evolutivas, antropológicas. Al igual que otras muchas especies animales, es innegable que, desde sus inicios, el hombre ha sido el encargado de vérselas con los otros hombres de la tribu para conseguir reproducirse con la mujer deseada, a la cual fecundar y proteger a ella y a su descendencia. Como digo, por mucho que el cáncer de lo políticamente correcto se alarme sobre esta afirmación, es totalmente obvia, y quien no quiera verlo no conseguirá ver como semejantes a hombres y mujeres, porque desatender las diferencias y considerarlas un tabú es el paso más importante para conseguir una igualdad de género falsa, de pacotilla.

Así pues, atendiendo a ideas simples sobre la teoría de la evolución darwinista se entiende que proliferará la descendencia de aquellos individuos con mejores genes y mejor adaptados al medio. Lo que implica, en un plano emocional, que hombres y mujeres tengan necesidades distintas, ya que, por naturaleza, unos sean los seductores y otros (otras) los (las) seducidos (seducidas), lo cual genera que ambos sexos, si bien pueda decirse que valoren las mismas cualidades, aptitudes y actitudes, cada género, por razones evolutivas, lo haga con una ponderación diferente sobre cada parámetro. No va a buscar lo mismo alguien cuyos genes estén programados para defender su territorio y a los suyos que los de alguien que busca de esa protección, a fin de poder sacar adelante sus crías. Y eso es así. Podemos estar en pleno siglo XXI, pero nuestros genes están programados como nuestros ancestros de hace miles de años, por lo que es nuestra obligación aceptar, estudiar y entender nuestras diferencias a fin de llegar a una mayor comprensión del otro, lo que forme, al final, una humanidad hermanada, si así queremos decirlo, donde desde el conocimiento y comprensión de ambos sexos se llegue, de forma natural y espontánea, a la interiorización del concepto de igualdad de géneros. Al respecto, recomiendo leer a Mario Luna sobre nuestras diferencias ‘intraespecie’ y entenderlas como algo que nos lleve más a la mejora mutua que a todo lo contrario.

Con todo esto, me gustaría proponer una visión del género femenino en la que se sea capaz de tener presentes los aspectos diferenciadores y similitudes mutuas, sin caer por ello en contradicción; compatibilizando ambas percepciones. Así, considero que debe interiorizarse una percepción basada en diferentes planos de una misma realidad. Es decir, ‘la realidad’ (el género femenino) desglosado en diferentes planos que en su conjunto formen un plano único. Uno de esos planos sería el comentado anteriormente; el que entiende las diferencias emocionales en tanto que evolutivas, o viceversa, por lo que debemos conocer las necesidades emocionales de cada sexo y, más bien, ‘regocijarse’ en ellas; verlas como una virtud y maravillarse de cómo el saber llevar esas diferencias y cómo ‘jugar’ con ellas y asumirlas pueda llevar a una verdadera satisfacción plena de ambos sexos, viéndose entendidos y cubiertos por las necesidades emocionales específicas de cada sexo –y persona–, capaces de que estas se satisfagan tanto por el sexo contrario como por el propio, aprovechando de manera potenciadora el conocimiento de ambos sexos por parte de los individuos de un mismo sexo.

Por otra parte, tener en cuenta el plano –o conjunto de planos; como cada uno quiera– que engloba todas nuestras semejanzas, refiriéndome básicamente al plano relativo al de la justicia, la política, los derechos, etc. Dentro de este plano debemos tener profundamente asimilados que todos los motivos por los cuales somos iguales son los mismos, tanto para hombres como para mujeres; no tenemos, por ejemplo, la misma igualdad de oportunidades por X motivo los hombres e Y motivo las mujeres, sino por el hecho de ser seres humanos. Así, no se pone en duda la valía de mujeres ni de hombres, puesto que ambos tienen la misma. Y si se da que en la composición de un gobierno no hay mujeres, o la proporción está claramente descompensada hacia alguno de los dos sexos, no pasa absolutamente nada, puesto que la valía y la preparación individual han trascendido sobre la necesidad de una paridad numérica en cuanto a sexos. En este sentido, muchas veces se recurre al argumento falaz de decir: ‘no me creo que en toda Grecia (en este caso) no haya mujeres con más valía que estos señores’. Claro, claro que las habrá, como seguramente también haya hombres con más valía que esos, pero uno se rodea de una cierta gente, de proporción heterogénea en cuanto a sexos, y en base a múltiples criterios eliges a quien consideras más apto para un puesto. Claro que probablemente haya gente –mujeres U hombres– más aptos que ellos, o quizá no, pero en cualquier caso quienes han elegido su designación ha sido porque les conocen, es obvio; uno no conoce a TODOS los habitantes de un país como para decirse: ‘venga, voy a buscar un cierto número de mujeres preparadas para formar gobierno'. Y, así, el cáncer de lo políticamente correcto lleva a buscar la paridad numérica, forzando esa situación, sin que, en este caso, una mujer, sepa si se le ha puesto ahí por su valía o por el ‘postureo’ de cara a la galería, demostrando que ambos sexos tienen la misma igualdad de oportunidades.


Por tanto, no debería ofender a nadie esta decisión, puesto que la paridad numérica de sexos opuestos no ha de ser una exigencia, sino que ha de tenerse el convencimiento que quien ocupa un cargo es por méritos propios y por el obvio hecho que en el círculo de conocidos de alguien no se da una paridad numérica en cada ‘subgrupo’ que engloba a todos ellos (“anda, qué bien, voy a formar un gobierno de igual número de hombres y mujeres porque casualmente conozco a 10 buenos economistas, 5 hombres y 5 mujeres; 4 buenos juristas, 2 hombres y 2 mujeres, 10 expertos en educación, 5 hombres y 5 mujeres... y puedo permitírmelo”).