«Tsipras no incluye a ninguna mujer ministra
en su nuevo gabinete» (El Mundo)
«Tsipras anuncia un gabinete sin ministras y
con tres 'superministros'» (Europa Press)
«Tsipras no confía en ninguna mujer para el
Gobierno más izquierdista de Europa» (El Correo)
Tras
apenas 48 horas del triunfo electoral de Syriza el pasado domingo en Grecia, conocemos
la composición del nuevo equipo de gobierno, en el que no se encuentra ninguna
mujer en los escalones más altos de la jerarquía gubernamental. Lógicamente, la
inmensa mayoría de los medios de comunicación en España se han hecho eco del
asunto, y es tema de debate y opinión apresurada en magazines de actualidad y
tertulias varias.
De
todos es sabida la celeridad actual con la que se precisa de opiniones:
rápidas, concisas, sin lugar al análisis profuso, en donde una intervención de
más de 20 segundos resulta excesiva; nada de tramas discursivas complejas o por
el contrario no se conseguirá una ‘agilidad’ en el debate –a propósito del
tema, recomiendo el libro ‘La comunicación
jibarizada’ de Pascual Serrano, Ed. Península–.
Así
pues, nos encontramos con que la opinión cuasi unánime resulta de rechazo hacia
esta desigualdad en el nuevo equipo de gobierno. A priori, cualquiera está de
acuerdo en eso, no hay más vuelta de hoja. Uno de los argumentos que se esgrime
para afear esta decisión es el hecho que las mujeres deben tener un papel
importante en la sociedad, lo que va a quedar manifiesto en la designación de
un mayor número de cargos femeninos en las filas del gobierno. Se dice que eso
es necesario, puesto que ese gesto dejará constatada la igualdad de
oportunidades que existe en la sociedad, demostrando que el machismo queda
superado.
Y
es a partir de aquí cuando empieza a ser necesario un mínimo análisis sobre la
cuestión. En primer lugar, debe resaltarse la necesidad impetuosa hacia ‘lo
políticamente correcto’ que se da en la actualidad, donde cualquier
manifestación de opiniones queda anulada desde un primer momento si no pasa por
ese filtro, con independencia de lo que esa opinión exprese. Así, la extrema
sensibilidad hacia el mínimo atisbo de incorrección política, entendido como
opuesto a ‘lo políticamente correcto’, deja paso a una incapacidad irracional –aunque
fruto de la razón– de comprender, e incluso escuchar o leer, la totalidad de
una opinión que se cimiente sobre alguna de esas incorrecciones. Por tanto,
puedo afirmar, al menos a título individual, que ‘lo políticamente correcto’ es
un cáncer actual de nuestra sociedad, fruto de un juicio falaz, enmascarado
bajo nobles e incuestionables principios de ética y justicia.
Tras
tener esto presente, pasemos a la siguiente cuestión: se asume como resultado
palpable de la asimilación de la igualdad de género por parte de nuestra
sociedad el hecho que un gobierno cuente con un número significante de mujeres.
En otras palabras, la equidad numérica de hombres y mujeres en un gobierno es
muestra de una sociedad que ha superado las desigualdades de género y tiene
asumida la igualdad del hombre y la mujer. Bien, eso es lo que
inconscientemente se cree, al menos bajo mi opinión. Pero, ¿qué hay tras esto?
Pues una devaluación bastante preocupante del concepto de igualdad de género. Y
es que se asume la frívola consecuencia de la paridad numérica como la
consagración de una superación que atañe a lo moral. Y lo más preocupante es
que las propias mujeres se autocomplazcan con ello. Sí, lo sé, de alguna manera
visible, práctica, debe quedar constatada la igualdad de género, pero no así,
porque esto no es más que la banalización y frivolización de un tema tan serio
y noble. Nos autocomplacemos con el hecho visible, desentendiéndonos por
completo de la concepción moral que cada uno tiene sobre la igualdad de género,
el autoconcepto que cada uno tiene de ello; eso no preocupa, entendemos, como
ya vengo diciendo, que nuestro concepto de igualdad de género debe de ser el
correcto, ya que tengamos mujeres al frente de un gobierno así lo constata.
Así
pues, se entiende la igualdad de género en tanto igualdad numérica de sexos
opuestos. Y esto, precisamente esto, genera, bajo mi punto de vista, un efecto
totalmente contrario al que se quiere conseguir. La necesidad que crea el deber
ético de conseguir esa igualdad numérica (quien dice igualdad también dice ‘lo
más cercano a ello’; sería enfermizo pretender conseguir un 50-50 exacto) nos
crea una visión fraccionada del ser humano: se busca una balanza equilibrada,
cuando la concepción que debe tenerse es la de una balanza con un solo plato:
el género humano. Creyendo avanzar humanamente con esa paridad numérica,
conseguimos retroceder: así, la mujer, el género femenino, es concebido como
una ‘masa de personas’ por las que se debe velar en su equilibrio respecto a los
hombres. Ello genera una concepción forzada, no espontánea, de la igualdad de
género. No se asume en lo más interior de uno como algo natural el tema de la
igualdad, y no se asume como natural porque el cáncer de lo políticamente
correcto prima el resultado visible, el ‘postureo cara a la galería’ antes que
la verdadera asimilación moral de la igualdad de géneros. ¿Por qué? Porque el
concepto como sociedad que se tiene sobre el tema es algo abstracto; se busca
la materialización de ese concepto –la paridad numérica–, pero se desatiende el
concepto, la concepción de cada uno.
En
mi opinión, en una sociedad donde realmente se asuma la igualdad de géneros uno
no se preocupa de esa necesidad ante la paridad numérica, ¿por qué? Porque se
tiene asimilado que no es cuestión de un `x+y’, sino de un ‘z’, donde z=x+y. Claro,
lo complejo en esto es que en una sociedad totalmente desigual y sin conciencia
de igualdad de géneros también compartirían parte de esta visión, ya que
tampoco se preocuparían en pensar en esa igualdad de géneros, puesto que no
creen en ella. PERO ES QUE ES TOTALMENTE DISTINTO. En el primer caso, la gente
no se preocuparía en tener la igualdad presente PORQUE LA TIENEN ASUMIDA,
porque entienden que la igualdad real no es la perversión y la frivolidad de
decir: ‘debemos tener 4 hombres y 4 mujeres para que se DEMUESTRE que somos una
sociedad igualitaria en ese aspecto’; tenemos asumido el significado real que
supone la igualdad de género y miramos a una mujer como un semejante, no como
un ‘semejante forzado’, no la vemos como un ser al que darle las mismas
oportunidades porque lo contrario es machista, sino que no nos preocupamos en
DARLES las mismas oportunidades porque TODOS TENEMOS INTERIORIZADOS (tanto
hombres como mujeres) que el optar a las mismas oportunidades lo tienen per se,
no porque se las hayamos ‘DADO’, ‘OTORGADO’ –Y es que el discurso basado en ‘DAR
las mismas oportunidades a hombres y mujeres’ en el fondo es perverso, si bien
a simple vista pueda parecer del todo noble, ya que se asume un machismo
estructural, en tanto que SE DA A LAS MUJERES la oportunidad de ser iguales.
Porque, no nos engañemos, cuando se dice ‘DAR las mismas oportunidades a
hombres y mujeres’ no nos referimos a que el colectivo ‘hombres + mujeres’ sea
el que dé las mismas oportunidades tanto a hombres como a mujeres. Es obvio. Si
quien parte en posición de desventaja es la mujer, ¿cómo va a ser un colectivo
en el que haya mujeres el generador de esa igualdad de oportunidades? Es una
contradicción de por sí. Tras ese discurso se tiene interiorizado un machismo
estructural, porque son los hombres quienes dan la oportunidad a ‘esa gente’, a
las mujeres, de ser iguales, ‘de llegar a ser como ellos’. Poniendo un ejemplo,
es como afirmar que en una sociedad racista se diga: ‘debemos dar igualdad de
oportunidades a blancos y negros’. Coño, ¿cómo va a ser la gente de raza negra
la artífice de generar oportunidades para ellos mismos? Al final son los de
raza blanca quienes les van a ‘otorgar’ ese derecho a ser igual... Quizá alguno
interprete que estoy despreciando la lucha de las mujeres por afirmar que tras
ese discurso se oculta el que son los hombres quienes les dan el ‘derecho a ser
iguales’ a las mujeres. En modo alguno. La lucha de las mujeres, es, igual que
la lucha llevada a cabo por cualquier colectivo oprimido, una consecuencia
lógica del querer cambiar esa situación que les desfavorece. Pero no contradice
mi argumento; quien diga que ‘hay que dar a hombres y mujeres las mismas
oportunidades’ puede afirmarlo teniendo presente la suma importancia de la
lucha femenina por cambiar su situación al mismo tiempo que tener asumido ese
machismo estructural, aunque esa persona se crea que por tener en cuenta la
lucha femenina automáticamente sea imposible que en ella quepa algún tipo de
idea machista interiorizada–. En cambio, en el segundo caso de sociedad que no
se preocupa por la existencia de paridad numérica en cuanto a géneros opuestos,
es por el hecho de que esa sociedad NO CREE en la igualdad de género. En un
caso no se piensa en la igualdad porque se tiene interiorizada y va a acabar
dándose como algo espontáneo y natural, porque esa idea está asumida; no se
entiende la igualdad como algo meramente numérico. Mientras que en el otro caso
no se piensa en la igualdad porque sencillamente no se da en la conciencia
colectiva. Y así, en medio, estamos nosotros, quienes pensamos de manera
consciente en la igualdad de géneros porque realmente no la tenemos asumida en
nuestra conciencia colectiva, y debemos hacer el acto de pensar en ella, creyéndonos
que esa igualdad es la del mero hecho de paridad numérica y no un concepto
moral infinitamente más amplio.
Con
todo, me parece que resulta interesante comentar una de las posibles maneras de
entender este tema. Así, no asumiré ninguna proclama políticamente correcta y
hablaré de la mujer, como tal, como género, sin que ello contravenga mi visión
unitaria del género humano, ya que, para poder tener una visión unitaria, debe
conocerse a las diferentes partes para poder integrarlas, con sus similitudes y
diferencias, en una única ‘supravisión’ amplia que englobe a todos.
Y
empezaré afirmando algo totalmente políticamente incorrecto con rotundidad:
Hombres y mujeres no son iguales. Es algo totalmente obvio. Biológica y evolutivamente
quedan bastante claras nuestras diferencias, las cuales se fundamentan en que
unos son los que van a ‘aportar la semilla’ y otros (otras) los que (las que)
gesten al nuevo ser. En torno a esa idea vienen a fundamentarse las diferencias
biológicas. Adentrándonos más sobre esa idea, debemos tener en cuenta las
diferencias evolutivas, antropológicas. Al igual que otras muchas especies
animales, es innegable que, desde sus inicios, el hombre ha sido el encargado
de vérselas con los otros hombres de la tribu para conseguir reproducirse con
la mujer deseada, a la cual fecundar y proteger a ella y a su descendencia.
Como digo, por mucho que el cáncer de lo políticamente correcto se alarme sobre
esta afirmación, es totalmente obvia, y quien no quiera verlo no conseguirá ver
como semejantes a hombres y mujeres, porque desatender las diferencias y
considerarlas un tabú es el paso más importante para conseguir una igualdad de
género falsa, de pacotilla.
Así
pues, atendiendo a ideas simples sobre la teoría de la evolución darwinista se
entiende que proliferará la descendencia de aquellos individuos con mejores
genes y mejor adaptados al medio. Lo que implica, en un plano emocional, que
hombres y mujeres tengan necesidades distintas, ya que, por naturaleza, unos
sean los seductores y otros (otras) los (las) seducidos (seducidas), lo cual
genera que ambos sexos, si bien pueda decirse que valoren las mismas
cualidades, aptitudes y actitudes, cada género, por razones evolutivas, lo haga
con una ponderación diferente sobre cada parámetro. No va a buscar lo mismo
alguien cuyos genes estén programados para defender su territorio y a los suyos
que los de alguien que busca de esa protección, a fin de poder sacar adelante
sus crías. Y eso es así. Podemos estar en pleno siglo XXI, pero nuestros genes
están programados como nuestros ancestros de hace miles de años, por lo que es
nuestra obligación aceptar, estudiar y entender nuestras diferencias a fin de
llegar a una mayor comprensión del otro, lo que forme, al final, una humanidad
hermanada, si así queremos decirlo, donde desde el conocimiento y comprensión de
ambos sexos se llegue, de forma natural y espontánea, a la interiorización del
concepto de igualdad de géneros. Al respecto, recomiendo leer a Mario Luna
sobre nuestras diferencias ‘intraespecie’ y entenderlas como algo que nos lleve
más a la mejora mutua que a todo lo contrario.
Con
todo esto, me gustaría proponer una visión del género femenino en la que se sea
capaz de tener presentes los aspectos diferenciadores y similitudes mutuas, sin
caer por ello en contradicción; compatibilizando ambas percepciones. Así,
considero que debe interiorizarse una percepción basada en diferentes planos de
una misma realidad. Es decir, ‘la realidad’ (el género femenino) desglosado en
diferentes planos que en su conjunto formen un plano único. Uno de esos planos
sería el comentado anteriormente; el que entiende las diferencias emocionales
en tanto que evolutivas, o viceversa, por lo que debemos conocer las
necesidades emocionales de cada sexo y, más bien, ‘regocijarse’ en ellas;
verlas como una virtud y maravillarse de cómo el saber llevar esas diferencias
y cómo ‘jugar’ con ellas y asumirlas pueda llevar a una verdadera satisfacción
plena de ambos sexos, viéndose entendidos y cubiertos por las necesidades
emocionales específicas de cada sexo –y persona–, capaces de que estas se
satisfagan tanto por el sexo contrario como por el propio, aprovechando de
manera potenciadora el conocimiento de ambos sexos por parte de los individuos
de un mismo sexo.
Por
otra parte, tener en cuenta el plano –o conjunto de planos; como cada uno
quiera– que engloba todas nuestras semejanzas, refiriéndome básicamente al
plano relativo al de la justicia, la política, los derechos, etc. Dentro de
este plano debemos tener profundamente asimilados que todos los motivos por los
cuales somos iguales son los mismos, tanto para hombres como para mujeres; no
tenemos, por ejemplo, la misma igualdad de oportunidades por X motivo los
hombres e Y motivo las mujeres, sino por el hecho de ser seres humanos. Así, no
se pone en duda la valía de mujeres ni de hombres, puesto que ambos tienen la
misma. Y si se da que en la composición de un gobierno no hay mujeres, o la
proporción está claramente descompensada hacia alguno de los dos sexos, no pasa
absolutamente nada, puesto que la valía y la preparación individual han
trascendido sobre la necesidad de una paridad numérica en cuanto a sexos. En
este sentido, muchas veces se recurre al argumento falaz de decir: ‘no me creo
que en toda Grecia (en este caso) no haya mujeres con más valía que estos
señores’. Claro, claro que las habrá, como seguramente también haya hombres con
más valía que esos, pero uno se rodea de una cierta gente, de proporción
heterogénea en cuanto a sexos, y en base a múltiples criterios eliges a quien consideras
más apto para un puesto. Claro que probablemente haya gente –mujeres U hombres–
más aptos que ellos, o quizá no, pero en cualquier caso quienes han elegido su
designación ha sido porque les conocen, es obvio; uno no conoce a TODOS los
habitantes de un país como para decirse: ‘venga, voy a buscar un cierto número
de mujeres preparadas para formar gobierno'. Y, así, el cáncer de lo
políticamente correcto lleva a buscar la paridad numérica, forzando esa
situación, sin que, en este caso, una mujer, sepa si se le ha puesto ahí por su
valía o por el ‘postureo’ de cara a la galería, demostrando que ambos sexos
tienen la misma igualdad de oportunidades.
Por
tanto, no debería ofender a nadie esta decisión, puesto que la paridad numérica
de sexos opuestos no ha de ser una exigencia, sino que ha de tenerse el
convencimiento que quien ocupa un cargo es por méritos propios y por el obvio
hecho que en el círculo de conocidos de alguien no se da una paridad numérica
en cada ‘subgrupo’ que engloba a todos ellos (“anda, qué bien, voy a formar un
gobierno de igual número de hombres y mujeres porque casualmente conozco a 10
buenos economistas, 5 hombres y 5 mujeres; 4 buenos juristas, 2 hombres y 2
mujeres, 10 expertos en educación, 5 hombres y 5 mujeres... y puedo
permitírmelo”).
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